¿Nos olvidamos de no hacer nada?

Hay una escena bastante absurda que se repite todos los días. Esperamos el ascensor durante veinte segundos y sacamos el teléfono. El colectivo tarda tres minutos y sacamos el teléfono. Terminamos de comer y, casi sin pensarlo, volvemos a mirar una pantalla.

Muchas veces ni siquiera buscamos algo en particular. Abrimos una aplicación, la cerramos y a los treinta segundos volvemos a abrirla.

Quizás el problema no sea simplemente que usamos demasiado el celular.

Quizás hemos perdido la capacidad de no hacer nada.

No hablo de tomarse vacaciones ni de pasar una tarde mirando una serie. Hablo de algo mucho más básico: estar un rato sin producir, sin consumir contenido, sin responderle a nadie y sin llenar inmediatamente cada momento vacío.

Ese vacío se volvió incómodo.

Hace no tantos años formaba parte normal de la vida. Había que esperar. Esperar el colectivo, esperar en un consultorio, viajar mirando por la ventanilla, quedarse sentado después de comer. A veces uno simplemente se aburría.

No era necesariamente agradable, pero existían momentos en los que nuestra atención no tenía un destino asignado.

Ahora podemos rellenar prácticamente cualquier intervalo del día.

Y lo hacemos.

Descansar no siempre es descansar

Podemos pasar dos horas viendo videos, leyendo noticias o saltando entre redes sociales y levantarnos más cansados que antes.

Técnicamente no trabajamos. Pero tampoco descansamos.

La cabeza siguió recibiendo estímulos: mensajes, videos, noticias, publicidad, discusiones, música, memes, recomendaciones. Todo mezclado y a gran velocidad.

Al mismo tiempo, nuestro tiempo libre empezó a parecerse bastante al trabajo… hay que aprovecharlo!!.

Aprender un idioma, entrenar, escuchar un podcast, hacer un curso, ordenar la casa, trabajar en un proyecto personal, mejorar nuestras finanzas.

Incluso caminar parece necesitar una finalidad: hacer pasos, quemar calorías, mejorar el rendimiento.

Y claro que muchas de esas cosas están bien. El problema aparece cuando sentimos que cada hora libre tiene que justificar su existencia.

A veces caminar puede ser solamente caminar, sentarse en una plaza puede no servir para nada, ¡Y no pasa nada!

Sin embargo, hemos desarrollado cierta culpa alrededor de esos momentos. Si tenemos una tarde libre, enseguida aparece la sensación de que deberíamos hacer algo con ella.

Siempre disponibles

La tecnología tampoco inventó el exceso de trabajo, pero eliminó muchas de las fronteras que antes existían.

Irse del trabajo significaba, literalmente, irse del trabajo.

Ahora el trabajo viaja en el bolsillo.

Un mensaje a las nueve de la noche. Un correo mientras cenamos. Una notificación que sabemos que está ahí aunque decidamos no responderla.

Son intervenciones pequeñas, muchas veces de apenas unos minutos. Pero alcanzan para que una parte de nuestra cabeza siga de guardia.

Lo mismo ocurre fuera del trabajo. Estamos permanentemente disponibles para amigos, familia, conocidos, grupos y cualquier persona que tenga nuestro número.

Nunca fue tan fácil comunicarnos.

También nunca fue tan difícil desaparecer un rato.

El aburrimiento se convirtió en un problema

Quizás lo más extraño sea que tratamos al aburrimiento como si fuera un error que debe corregirse inmediatamente.

Aparece un minuto sin estímulos y buscamos algo.

Pero en esos momentos también ocurrían cosas.

La cabeza vagaba. Recordábamos conversaciones. Pensábamos pavadas. Mirábamos a la gente. Se nos ocurrían ideas. A veces simplemente no pasaba nada.

Hoy interrumpimos ese proceso casi antes de que empiece.

Por eso resulta curioso observar un vagón de tren lleno de personas físicamente quietas y mentalmente ocupadas.

No estamos haciendo nada y, al mismo tiempo, no paramos nunca.

Tal vez por eso también sentimos con frecuencia que no tuvimos tiempo, incluso después de una tarde aparentemente libre. El tiempo quedó repartido entre pequeñas acciones que apenas recordamos.

Cinco minutos acá. Diez allá. Un mensaje. Un video. Una noticia. Otro video… Y la tarde desapareció.

No hace falta convertir esto en una guerra contra la tecnología. Sería bastante absurdo. Tener en el bolsillo mapas, música, libros, información y la posibilidad de hablar con alguien que está a miles de kilómetros es extraordinariamente útil.

El problema no es poder hacerlo, es no poder dejar de hacerlo.

Hay una diferencia entre mirar el teléfono porque queremos y hacerlo automáticamente cada vez que aparecen treinta segundos de silencio.

Quizás descansar tenga algo que ver con recuperar cierta tolerancia al vacío.

Tomar un café sin mirar nada. Viajar unas paradas sin sacar el teléfono. Caminar sin convertir la caminata en ejercicio, aprendizaje o contenido.

Incluso aburrirse.

Porque desconectar no consiste solamente en apagar una pantalla.

También implica aceptar que durante un rato no va a pasar nada.

Y que nosotros tampoco tenemos que hacer que pase algo.

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